El esclavo de Velázquez

El esclavo de Velázquez

Language: Spanish

Pages: 0

ISBN: B00NC8XAEU

Format: PDF / Kindle (mobi) / ePub


La historia del esclavo retratado por el pintor de reyes

Se fabula en esta novela la historia del morisco Juan Abonabó Pareja, Juan de Pareja para los cristianos, quien nació ya esclavo porque su padre prefirió perder la libertad a afrontar los riesgos y peligros de la expulsión a principios del siglo XVII.

El amo de su padre solía acogerlo en su palacio porque le agradaba su compañía, y allí trataba de darle instrucción leyéndole libros religiosos y, sobre todo, introduciéndolo en la que era su gran pasión, la pintura que llenaba los corredores y galerías de su residencia.

Siendo Juan ya adolescente, su amo decidió cederle el chico al joven pintor sevillano Diego de Silva y Velázquez, que marchaba a Madrid para hacer carrera en la Corte.

Primero esclavo de casa y después en el taller, Juan pasó prácticamente el resto de su vida al servicio de la familia Velázquez. Incluso acompañó al maestro en su segundo viaje a Italia, donde fue retratado por él.

Sin embargo, cuando su amo don Diego le ordenó que posara para su pincel, Juan fue presa de un gran desasosiego: ¿por qué iba a retratar a un esclavo quien era pintor de la monarquía más poderosa de la tierra? Una razón desvelada finalmente como metáfora del destino de Juan: ser alguien para siempre.

Reseña:
«Se lee con gran deleite, y es además un libro muy instructivo. La evocación de la vida cotidiana en el palacio y fuera de él consigue resucitar brillantemente el espíritu de la época».
Jonathan Brown

Collections Management (Leicester Readers in Museum Studies)

Kandinskij (Art dossier Giunti)

Simbolismo (Art dossier Giunti)

Art History: The Key Concepts (Routledge Key Guides)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

un desorden de papeles con borrones en algunas mesas y sillas, y hasta por los suelos en los rincones. —Juana, aquí te traigo al chico del que te ha hablado tu padre. La viuda Isabel se dirige así a doña Juana por mucho que sea la hija de su señor, la ha cuidado desde que nació como si fuera la niña que ella no tuvo, sin marido tan pronto, y no hay día en que no se acuerde de ella desde que se casó con el pintor, solo tenía quince años y además don Diego no es del todo de su agrado, tan severo

de Brizuela. No hay sitio en la casa de la calle de los Convalecientes, y se ha tenido que alquilar un aposentillo que hay en el edificio contiguo, pero hace las tres comidas con ellos —en la cocina, con Ramira y Juan. Además de que es mayor que él —cuenta poco más o menos veintiún años se dice en el contrato que firma su madre—, Juan lo ve desde una distancia que es mucho más que la edad que los separa. No tendrá que fregar ni barrer ni ir a por agua a la fuente ni hacer recados ni obedecer a

puestas en él, y hasta el callado don Diego tiene que explicárselo al ver que no se le quita la estupefacción. —Y la manzana y el sonajero que le he puesto al enano simbolizan el orbe y el cetro que en su día llevará el príncipe —añade para completar la explicación. Entre el atuendo heroico y dorado de uno y el mandilón blanco del otro, entre el sonajero que no es sonajero y la manzana que no es manzana, Juan, que no ha visto pintar nunca a un niño de la realeza, no se olvidará nunca de aquel

hacerse el retrato tres días, en diferentes veces, se compró cada día una carga de espadañas para el suelo [...]. Más, se hizo una caja de madera para llevar el retrato que hizo de Su Majestad, Dios le guarde, a la Reina nuestra señora [...]. Más, mandó Su Majestad que se hiciese una caja de madera para enviar un retrato del Primo, enano, que había hecho Diego Velázquez [...]. En 1º de Julio mandó Su Majestad que porque la casa en que vivía Diego Velázquez estaba sin puerta, y mal parada que

había servido de modelo, un tipo que tardó en encontrar entre los mozos de las cocinas y las cuadras. Don Diego ya me lo había advertido, me han dicho que es probable que venga hoy Su Majestad. Me temblaban las piernas cuando entró con su séquito, al que enseguida despidió para quedarse solo con nosotros, sentado en el sillón de dorados y terciopelos. Después de hacer una reverencia que me salió exagerada, casi dándome con la cabeza en las rodillas, me fui corriendo al último rincón del taller,

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